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Lo que guardó la ensenada
Antes del veraneo hubo una capilla, una factoría ballenera y el primer mejillón cultivado del estado.
Una ensenada es, antes que nada, un abrigo. La de Itapocorói queda en el litoral norte de Santa Catarina, y la punta de Penha la protege del oleaje del sur y del sudeste. Adentro, el mar llega manso. Esa mansedumbre decidió todo lo que vino luego.
En 1777 se instaló allí una factoría ballenera. Armação era el nombre que se daba, en el litoral del Brasil colonial, al establecimiento donde se cazaba la ballena y se derretía la grasa en aceite, usado para el alumbrado. Necesitaba agua abrigada para los barcos y tierra firme junto a la playa. Itapocorói tenía las dos.
La capilla de São João Batista es de ese siglo y sigue en pie, en Penha, en el sitio que todavía se llama Armação do Itapocorói. De la factoría salió el poblado; del poblado, dos ciudades. Piçarras fue distrito de Penha hasta 1963, y el río que llega al mar entre dos escolleras es hoy el límite entre ellas.

La caza terminó, y el nombre quedó. Ocurre en varios puntos del litoral de Santa Catarina: armação se volvió palabra de mapa, y poca gente que la pronuncia piensa en ballenas. Lo que no cambió fue la razón de estar allí. La ensenada siguió abrigando barcos, ahora los de la pesca artesanal de Penha.
En 1985 la misma agua quieta sirvió para otra cosa. Fue en esta ensenada donde Santa Catarina empezó a cultivar mejillón. La maricultura del estado nació allí, por la misma razón que trajo la factoría dos siglos antes: un mar que deja trabajar.
En la boca de la ensenada, junto a la punta, está Ilha Feia, la Isla Fea. El nombre no le hace justicia, y quizá esa sea la intención. Detrás de la orilla, los cerros guardan Mata Atlántica. Entre la isla, el río y el cerro cabe la playa entera, que se camina de punta a punta sin perder de vista la ensenada.
Hay lugares que se explican por lo que construyeron. Este, por lo que dejó quieto.


El veraneo llegó último. La ciudad se llena y después se vacía, y es cuando se vacía que la ensenada vuelve a parecerse a lo que siempre fue: agua quieta, barco, capilla, cerro. Quien conoce Piçarras a esa hora conoce la más antigua.
Se dice que el nombre Piçarras viene del piçarro, el sedimento arcilloso del subsuelo. Es un origen modesto, de suelo, y le sienta. Nada allí se hizo para impresionar. La ensenada apenas protege, como lo hacía cuando nadie pensaba en llegar en automóvil.
Hay lugares que se explican por lo que construyeron. Este se explica por lo que dejó quieto. Dos siglos y medio de gente pasaron por la misma agua, cada cual con su oficio, y el agua sigue mansa. Es lo mejor que se puede decir de una ensenada, y de quien la frecuenta.
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